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Miércoles 16.8.2017

VENECIA


Hoy pasé a desayunar con una amiga,

venía de Grecia de regreso para la casa,

y me invitó a desayunar la bella Venecia.

Vestida de rosa y aun bostezando me recibió como siempre,

como las mujeres hermosas que no necesitan maquillaje,

serena, lúcida y mojada comenzaba sus tareas,

me sonrió, me mojó la cara y los pies.

Un cappuccino, un croissant,

y una hoja de papel.

 

Si pudieras visitar el alma de un amigo, alguien a quién aprecias y admiras. Si uno pudiera metérsele de un salto en el pecho y pasear por sus callejuelas, canales y tomarse un cappuccino en una esquina cualquiera de su alma. Hoy tuve la sensación de entrar en el alma de una buena amiga. Sólo pasaron quince minutos, unos pocos transeúntes madrugadores y tres puentes para que ya me sintiera como en casa. Cómo esos amigos a los que uno ve con poca frecuencia pero ya se han metido tan profundo en la piel que al verlos es como si solamente hubieran pasado algunos días desde el último encuentro. Me encanta verte mi bella Venecia, me encanta saber que sigues tan hermosa como siempre. Me encanta verte de noche y en la madrugada, anónima y desconocida. Me gusta verte mejor a solas antes de que llegue el día y estés, lo quieras o no, en el centro de atención de todos. Me gusta la superestrella en piyama y sin maquillaje, la tímida y silenciosa, justo antes de subir al escenario. Y es que si, ese es el destino de las superestrellas, día tras día en el escenario sin pausa y sin descanso. Afortunadamente nos conocimos a las dos de la mañana y pudimos pasar la noche entera a solas, por eso vengo siempre en la noche, para que me reconozcas y poder tenerte para mí solo. Por eso estoy ya de salida, son las siete y media y ella ya empieza a transformarse, mejor me voy antes de que ya no me reconozca y los reflectores la alcancen. La Venecia de las fotos y los programas de viajes es solamente su rol de superestrella. Tengo la fortuna de conocer su alma, y esa es de esas clases de belleza que no se aprecia con los ojos sino con la piel y con el alma.

 

Ciao bella, hasta la prossima…

EL MENDIGO MAGNÉTICO

 

Me siento en Berna a tomar un café y me siento intranquilo, asi y acá me siento. Me miro entonces en el espejo mágico, mezcla de realidad y ficción, este espejo no miente jamás, puede que yo mismo me engañe y lo hago todos los días, pero mi espejo mágico me muestra la verdad, mi verdad. Es mágico porque puede ser ventana y puede ser espejo, dependiendo del clima, del ánimo, o de mi disposición podré mirar hacia afuera o verme reflejado en él. Me siento acá entonces, miro por la ventana y tomo mi café mientras procuro distraerme. Hay un mendigo allá afuera en la calle, joven y apuesto, con sus cabellos largos, sucios y su barba desarreglada, me fascina él y todo lo que ocurre a su alrrededor. Como en un teatro se despliegan las escenas frente al cristal, privilegiado expectador disfruto de un magnífico teatro en una función privada sólo para mí.

 

El mendigo magnético atrae todo tipo de personas y acontecimientos, despierta todo tipo de reacciones, sentimientos y miradas. Un hombre joven y bien vestido le dá un billete, una chica le regala un cigarrillo y le sonríe, otro le mira de arriba a abajo sin disimular su repudio. Suenan las monedas en el vaso y el tiembla de frío, nada de esto parece molestarle o avergonzarle en absoluto hasta que ese hombre de pelo blanco le habla seriamente con actitud de padre y de reprocho. El asiente con la cabeza y baja la mirada avergonzado, pronto se va el hombre llevandose su pelo gris y su dureza y el chico retorna a su rutina como si solamente se hubiera puesto una máscara de verguenza por cinco segundos y luego la metiera en su bolsillo. Me pregunto cuantas máscaras tendrá allí adentro, al fin y al cabo es un actor, es su trabajo.

 

Llegan las monedas y evitan las miradas su presencia, el mendigo magnético atrae la atención de todos y despierta todo tipo de emociones y reacciones: Lástima, envidia, repudio, enfado, crítica, tristeza y múltiples preguntas. Pero algo esencial ocurre aquí, recibe atención, mucha atención, la atención de todos y en especial la de quienes pretenden ignorarle. Cuantos de nosotros no quisieramos al menos la mitad de la atención de la que atrae este actor en el papel de mendigo magnético que se alimenta de la atención de todos, de las miradas, de las emociones y pensamientos que despierta.

Ante mi sorpresa y sin mi permiso comienza a descender en telón, guarda el actor las monedas y máscaras en su bolsillo y sin venia o esperar a los aplausos, se marcha dejando el teatro vacío que ahora parece como una esquina cualquiera en una ciudad común. Queda en mi una mezcla de claridad y pregunta, de luminoso desconcierto, será que se ha convertido una vez más la ventana en un espejo mágico? Será que todo lo observado he sido solamente yo reflejandome en el? Será que se ha negado una vez más a devolverme mi belleza en su reflejo? Para qué seguirme engañando si ya se que mi espejo mágico nunca miente. Al contrario que a Narcizo me ha mostrado una de mis máscaras y su actor, una vez más me muestra lo que no quiero ver, lo que me esfuerzo tanto por ocultar, lo que escondo detrás de mi disfraz. Dolorosa y clarificadora verdad: Soy también en algún rincón de mí un mendigo pidiendo limosna, armado de máscaras y trucos con un solo y desesperado objetivo: Llamar la atención.

MI ABUELO

Mi abuelo,

mi abuelo era un roble de piel arrugada y voz aspera,

mi abuelo construyó su casa alrrededor de un árbol en lugar de tumbarlo,

mi abuelo en la terraza con un vaso de ron en la mano y su mirada absorbiendo el atardecer,

un eje silencioso sobre el cual se apoyaba una familia entera,

un sol brillante alrrededor del cual girábamos todos sus planetas,

mi abuelo lleno de anécdotas, dichos, y sabiduría,

un alma serena y generosa que construyó un mundo perfecto para mi niñez.

No sería el que soy si no hubiera tenido el honor de ser un pequeño Plutón en su sistema solar.

Mi abuelo se fué tornando cada vez más silencioso, más etéreo, se fueron manchando sus manos, fue llenando los espacios de la casa y el jardín como si se fuera disolviendo, se fue volviendo neblina, se nos fue metiendo en el alma a todos. Su respiración se tornó cada vez más difícil a medida que se convertía en el aire que respirábamos nosotros, sus ramas, sus hojas y frutos. Se fué marchitando y secando de forma tan natural y digna como si de esta forma nos quisiera dar su última y más esencial enseñanza. Se maduró y maduró hasta tener ese olor a ron y tabaco, se me fué escurriendo de las manos, se fué llendo y llendo con su pastor alemán  como guardián y guía, depronto ya no estaba, dejó su cuerpo sobre la cama mientras el cielo llovía inconsolablemente sobre la finca. Esa misma noche cayó un rayo inmisericorde tumbando un árbol que cayó sobre la carretera obstruyéndola, era como si el jardín se hubiera enfurecido de tristeza y lleno de dolor nos pidiera que lo dejaramos allí, a donde pertenecía. Los árboles, las flores, los pájaros y tal vez también su alma nos suplicaban: “Déjenme acá”. Un árbol que muere de forma natural se debe dejar en el lugar en que cayó para que pueda alimentar la tierra y así volverse, de alguna forma, parte de todo. Ya se había vuelto el abuelo humedad que todo lo impregnaba y solo hacía falta entregar su cuerpo a la tierra para que el ciclo estuviera completo. Ahora entiendo que el jardín reclamaba su sangre y sus huesos como alimento. Pero el destino tomó otro curso, pudieron entonces más los protocolos sociales y las motosierras que despejaron el camino para el auto mortuorio.

Se salió entonces el río de su curso y lo que ocurrió a continuación fué un doloroso ejemplo de lo que ocurre cuando el delicado equilibrio  de los ritmos naturales se rompe. Comenzó a tambalearse nuestro sistema solar, ambiciones, envidias y desconfianza corroyeron los lazos que antes nos mantenían unidos, se desmoronó una familia entera y salimos rodando todos los planetas en direcciones opuestas confundidos y sin entender muy bien lo que pasaba. Un derrumbe a falta de raíces en la tierra.

Desde entoces tengo la sensación de flotar manoteando en el vacío sin gravedad, añorando el olor a roble de mi abuelo, el jardín, mi abuela, los tíos y los primos, la comida, las chicharras por la noche, los caballos, los perros, los pájaros, los atardeceres, la hamaca... la vida, la vida limpia, la vida cristalina, la vida...

Tal vez no todo está perdido, quizás algún día llegaré a convertirme en árbol, en sol, en el eje silencioso de un nuevo sistema solar, y al final, me aseguraré de que dejen mi cuerpo ya vacío colgado en el lugar que le corresponde en el delicadisimo móvil de la vida.